Escrito por Mariel Cotrina, coordinadora del área de investigación de Girl UP! Tupanakuy; Valeria Figueroa, vicepresidenta de Girl UP! Tupanakuy; y Sheila Zorrilla, subcoordinadora de Warmisuyay
Cada 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, esta fecha va más allá de lo simbólico, pues se conmemora las luchas que hicieron posibles muchos de los derechos que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana. En ese sentido, la memoria reconoce las injusticias que marcaron la historia, no para mirarlas como hechos aislados, sino para comprender las desigualdades, entender sus consecuencias y reconocer a quienes padecieron durante esta lucha. Esta fecha se alimenta de luchas obreras y feministas que, desde inicios del siglo XX, buscaron instalar la igualdad como problema público y como obligación estatal. En 1909, por ejemplo, se organizó en Estados Unidos un “Día Nacional de la Mujer” impulsado por mujeres socialistas; en 1910, en Copenhague, Clara Zetkin llamó a celebrar un Día Internacional; y posteriormente la conmemoración fue institucionalizada por Naciones Unidas en 1977. Por ello, recordar se vuelve un acto de resistencia frente a la desigualdad social y una forma de asumir la responsabilidad del presente al seguir luchando por la libertad y la igualdad de derechos.
De este modo, la memoria contribuye a la construcción de sociedades más conscientes de estas luchas y más empáticas con quienes exigieron igualdad y dignidad. Esto nos permite comprender que muchos de los derechos que hoy parecen incuestionables no surgieron de manera espontánea, sino que fueron el resultado de procesos colectivos de resistencia y transformación social. A la vez, esta memoria también nos confronta con una realidad persistente: pese a los avances alcanzados, continúan existiendo desigualdades estructurales que siguen marcando la vida de muchas mujeres. Es así como mirar esta genealogía no persigue erudición sino justicia. En términos institucionales, la memoria se vuelve justicia cuando los Estados traducen la igualdad a marcos normativos, políticas, presupuestos y mecanismos de protección; y cuando la ciudadanía usa esa traducción para exigir cumplimiento y no repetición.
Por ello, reflexionar sobre el 8 de marzo no implica únicamente mirar hacia el pasado, sino también interrogar el presente y los desafíos que aún persisten. Recordar, en ese sentido, se convierte en una forma de reconocer las injusticias que han atravesado la historia y que todavía se reproducen en nuestras sociedades. Asimismo, es una manera de reafirmar el compromiso colectivo de seguir construyendo condiciones más justas e igualitarias para todas; especialmente cuando la historia avanza de forma desigual: no enfrenta la misma precariedad una mujer en la capital que una niña en territorios históricamente marginados.
1. La memoria de las luchas y la construcción de derechos.
Durante siglos hemos sido testigos de una omisión sistemática de las mujeres, donde el silencio ha sido la herramienta predilecta para invisibilizar los liderazgos y resistencias que hoy por hoy nos permiten sostenernos. El acceso a la ciudadanía para nosotras no ha sido un proceso lineal ni una concesión espontánea de los estados. Cada espacio que habitamos hoy, cada decisión que tomamos hoy, desde el poder acceder al derecho al voto hasta la autonomía de nuestros cuerpos, son la base de una lucha histórica que muchos insisten en omitir y silenciar.
Desde siempre el constituir nuestros derechos ha significado enfrentarse a estructuras patriarcales que nos prefieren en el silencio y sumisión. Es por esta razón que rescatar del olvido las miles de marchas feministas, las asambleas de mujeres trabajadoras y las movilizaciones globales constituyen un acto político urgente. Nombrar estas resistencias nos permite entender que nuestra libertad actual tiene nombres propios y que somos herederas de una genealogía de mujeres que decidieron dejar de pedir permiso para empezar a exigir justicia.
Sin embargo, la construcción de derechos es profundamente frágil y hoy enfrenta ataques coordinados por sectores ultraconservadores y patriarcales que buscan devolvernos al pasado. En muchos países, incluido el Perú, contar con leyes que reconocen nuestros derechos no garantiza su cumplimiento; al contrario, constantemente, las vemos saboteadas por sectores que nos niegan sistemáticamente el acceso a la salud, a la justicia y a una vida libre de violencia.
En concreto, en nuestro país, contamos con una Constitución que reconoce nuestra igualdad y prohíbe toda forma de discriminación por razón de sexo, un cimiento que se refuerza con marcos como la Ley 28983, orientada a garantizarnos igualdad, dignidad, bienestar y una autonomía que debería ser plena tanto en nuestra vida pública como privada. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que el problema no radica únicamente en la existencia de estas normas, sino en su diseño, su alcance y su capacidad real de protección.
Aunque la Ley 30364 configure hoy un sistema integral para prevenir, proteger, sancionar y reparar la violencia mediante protocolos y mecanismos de articulación estatal, seguimos siendo testigos de un Congreso que debe introducir modificaciones constantes para intentar remover las barreras de acceso a la justicia y asegurar que las medidas de protección sean, finalmente, inmediatas. En este contexto, la memoria deja de ser un rito anual para transformarse en una práctica cotidiana de vigilancia democrática: recordar qué derechos conquistamos, cuánto costaron, qué deudas persisten y quiénes son las que el sistema sigue dejando atrás.
Es por ello que la memoria de la lucha es una de nuestras mejores defensas; recordar cómo se articularon las mujeres en distintas partes del mundo para adquirir derechos básicos nos permite identificar las tácticas de opresión que se reciclan bajo nuevas etiquetas que pretenden prometernos libertad.
2. Recordar frente a las desigualdades del presente.
A pesar de ello, debemos reconocer que la construcción de derechos no ha sido un proceso uniforme. Nuestra historia está tejida por la lucha de mujeres indígenas, afrodescendientes y sectores empobrecidos, quienes han alzado sus voces frente a sistemas que insisten en reprimirlas. Sin embargo, este relato se vuelve un espejismo si ignoramos que nuestras realidades no son idénticas: no enfrenta la misma precariedad una mujer en la capital que una niña en Bagua. Esta disparidad, que el centro del poder suele ignorar, es una diferencia abismal en el acceso real a la justicia y a la dignidad.
Por ello, nuestra memoria debe ser el puente que cuestione tales desigualdades. Recordar es un ejercicio de justicia política cuando rescatamos las voces de quienes, desde diversas partes del mundo, han enfrentado el abandono estatal y la violencia estructural para defender su derecho a existir y proteger su dignidad.
Los relatos de quienes fueron empujadas a los márgenes del progreso, desenmascaran la violencia que sufren quienes aún viven al margen del sistema. Reconocer la diversidad de las luchas es necesaria para comprender que nuestra “libertad” sigue estando incompleta mientras exista un territorio donde la impunidad siga siendo la norma. Cualquier avance que no alcance a las poblaciones más vulneradas, simplemente, no nos protege a todas.
3. El recordar como forma de justicia (cierre)
Heredar la lucha transforma el recuerdo en un motor de acción para las nuevas generaciones. Que nuestra valentía adquiera un propósito más profundo: entender que nuestra audacia para imaginar y construir nuevos horizontes se sostiene sobre los hombros de miles de mujeres que desafiaron el silencio, la exclusión y la injusticia mucho antes que nosotras.
Por lo que, el conocimiento del pasado es el combustible que nos permite enfrentar el presente con mayor claridad y firmeza. Ya que el recordar no es un acto pasivo; es una forma de responsabilidad. Es reconocer que los derechos que hoy defendemos fueron conquistados a través de esfuerzos colectivos, muchas veces en contextos de profunda desigualdad.
Lo que a diferencia del olvido, es el terreno donde las injusticias encuentran espacio para repetirse. La memoria, por el contrario, se convierte en el lugar donde se fortalece nuestra conciencia y donde florece la resistencia. Mantener viva esa memoria significa negarnos a aceptar la desigualdad como algo inevitable.
Por eso, recordar también es una forma de justicia. Es reconocer a quienes abrieron caminos cuando parecía imposible hacerlo, y es también asumir el compromiso de continuar esa tarea.
Nos debemos a las que estuvieron, a las que estamos y a las que vendrán. Nuestra lucha seguirá firme hasta que todas estemos a salvo, con la convicción de que merecemos, finalmente, caminar tranquilas y vivir en paz.
Bibliografía
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